¡Nos empujan a la lucha, hay que prepararla... Fuera los traidores de la Patria... No al gasolinazo!

Vicente, vicente


6 DE DICIEMBRE DE 2014

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Escuché a Vicente Leñero por teléfono, la voz lenta, húmeda:
“Llegó nuestro tiempo, Julio. Tengo un tumor en el pulmón. Cáncer. Los médicos me dan dos años de vida”.
Vicente me evitó una respuesta que habría sido superflua. Simplemente se retiró del teléfono.
Yo me acompañaba en la casa con algunos de mis hijos y en ese momento nada les dije acerca de la noticia que me laceraba. Necesitaba estar solo.
La palabra de Vicente tenía dos acentos: el irónico y el sarcástico. Ahora asomaba el lenguaje del dolor que ya no lo abandonaría.
Leñero en un retrato de 2009. 
Foto: Eduardo Miranda

Vicente rehuía a los médicos como augures de las malas nuevas.  Los galenos se las ingeniaban para encontrar males en cuerpos perfectos. Del momento de la derrota no quería saber. Quería para él final súbito. Un plomazo o un infarto y ya. Sería todo.
Sus amigos le urgíamos para que  confrontara su pasión por el tabaco. No era buen camino su adicción: cajetilla y media o dos paquetes diarios. El replicaba con humo equívoco.
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Había visto en “El País”,  una fotografía reciente de Manuel Fraga, constructor de la democracia española. La información daba cuenta de su edad: 89 años. Se veía satisfecho y no apartaba el cigarro de la boca. Lo disfrutaba como si anduviera en los cincuenta.
Saludé a José Pagés Llergo en su casa, ya vigilante la agonía. Vivía para continuar vivo. Sus pulmones estaban desechos por su incontrolada pasión por fumar. Para él no había colilla que sobrara. Trabajaba y fumaba, fumaba y escribía. Permanecían a su lado una enfermera y un tanque de oxígeno de metro y medio de altura, color verde, deteriorado. Pagés,  vanidoso,  dejaba que corriera una entrevista con Hitler en 1945. La entrevista se reducía al intercambio de unas frases de cortesía y un apretón de manos. Nada.
A corta distancia de Pagés vi el rostro de la desesperación. Sin oxígeno en los pulmones quería atrapar aire del medio ambiente de su recámara, las ventanas siempre abiertas. Francisco Martínez de la Vega, su compañero, lo lloraba. De buena fe, tersa la intención, el 7 de junio, día de la libertad de prensa, Martínez de la Vega dijo, en Los Pinos, que sin el consentimiento del jefe de la nación, no habría medio impreso que pudiera subsistir. Martínez de la Vega abogaba para que Proceso contara con los recursos necesarios para sobrevivir, entre ellos, la publicidad.
(Fragmento del texto que se publica en la revista Proceso 1988, ya en circulación)

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